Desmenuzando a Ramos Allup

Más sabe el diablo por viejo que por diablo. Henry Ramos Allup entendió la jugada. La ve clarita. Le dio una patada a la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) para rearmar su tablero político electoral y así sobrevivir y avanzar. Aunque nunca tendrá la humildad para reconocer que se equivocó, es evidente que sacó cuentas y se percató que el negocio de la abstención no es rentable para su partido.

Para su retirada ondeó como bandera el incumplimiento del acuerdo suscrito por los miembros de la MUD en abril de 2017, en el que los puntos más importantes eran la elección por primarias del candidato a la presidencia y la ratificación de la “estrategia única y medular seguida hasta ahora para lograr el cambio político: civil, constitucional, democrática, electoral y pacífica”. Parece obvio: ante la insistencia permanente del ala radical de la oposición de no participar en los procesos electorales, será imposible que el caudillo blanco logre su

sueño de ser candidato presidencial.

Pero más aún, la abstención ha sido un retroceso en tenencia de poder para los adecos. Son un partido con 76 años de tradición que tras haber sido desahuciado, al día de hoy ha conseguido sumar por la vía electoral 24 diputados principales, 19 suplentes, 7 alcaldías y 4 gobernaciones, además de ser el partido de oposición que más votos sacó en su proceso de validación nacional. Es decir, AD pasó de ser un muerto político a ser un ave fénix que resurgió de sus cenizas.

¿Será que entendieron que si no tienen espacios de poder no tienen fuerza para exigirle algo al gobierno? Todo indica que el pragmatismo blanco ha prevalecido. Seguir en una mesa donde nada se decide, donde no hay capacidad para medir en tiempo real la crisis nacional, donde los problemas desbordan a sus protagonistas y las soluciones brillan por su ausencia, es seguir alimentando la ya profunda decepción de los venezolanos. Además, es una mesa donde todas las discusiones pasan por un G4 (AD, Un Nuevo Tiempo, Voluntad Popular y Primero Justicia), pero que en la más estricta realidad debería tratarse de un G2 porque sólo dos organizaciones (AD y UNT) de esas cuatro están legalmente contituídas y reconocidas.

Sin embargo, a estas alturas patear la mesa no los exonera de culpas. Acción Democrática, o quizás su caudillo de manera particular y en decisiones inconsultas con las bases, es gran responsable de la tragedia en la que estamos entrampados los venezolanos. En el referendo presidencial de 2004 cantó un fraude que nunca ha demostrado, en 2005 lideró la cruzada por la abstención para las elecciones parlamentarias donde se le cedió todo el poder al gobierno, y de allí en adelante ha jugado a conveniencia con la opción electoral.

¿Qué hará el resto de la MUD? ¿Seguirán dándole oxígeno a una figura creada para enfrentar los procesos electorales que cada vez son más escasos por su negativa a participar en ellos? ¿Seguirá imponiéndose en la toma de decisiones la voluntad de los partidos que no pudieron legalizarse por encima de los que sí? ¿Seguirá prevaleciendo el punto de vista de las organizaciones que no tienen estructura electoral pero sí influencia mediática, por encima de las que tienen estructura en todo el país pero sin repercusión en las redes sociales y medios tradicionales? Para este año pudiesen presentarse tres escenarios electorales: el revocatorio a los diputados de la Asamblea Nacional, la aprobación de la nueva constitución y las elecciones de concejales. Saber qué pasará sólo es cuestión de tiempo.

Gladys Socorro

Periodista

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¿Y la ruta pa’ cuándo?

Es un paredón de fusilamiento. Se hieren hasta desangrarse. Se ha convertido en una guerra de verdugos contra verdugos. Así está el tuiter en Venezuela. Se ha traspasado la línea de la discusión de ideas para afincarse en la descalificación entre opositores, como si de demostrar quién es el más fuerte se tratara. El que más insulta y descalifica cree ganar la partida, sin darse cuenta de que mientras más brechas abrimos entre nosotros, más nos alejamos del objetivo común: salir del gobierno de Nicolás Maduro.

La guerra es a cuchillo entre los abstencionistas y a quienes se les ha denominado falconistas por votar en las elecciones del pasado 20 de mayo; los radicales, que apuestan a salidas alternas a la electoral como la “dimisión del tirano ya”, o los que le han jugado todos los quinticos a la intervención inmediata de la comunidad internacional. Aunque son posiciones diametralmente opuestas, en teoría todas persiguen el mismo fin.

Seguir en estos dimes y diretes sólo nos hace daño a nosotros. En esa pugna el Gobierno sale ileso. Hay un país entero que reclama soluciones urgentes. Desde hace rato la gente está boquiando en su intento de por lo menos comer cada día. Los precios suben a diario de una manera grosera y la dirigencia opositora aún no define la ruta. El Frente Amplio sigue sin tener personalidad, no es ni chicha ni limonada; de la Mesa de la Unidad Democrática nada sabemos, y de la Comunidad Internacional tenemos apoyos en su justa medida, con énfasis en que sólo respaldarán lo que los venezolanos decidan.

Sin embargo, representantes de la MUD anunciaron el domingo que esta semana presentarán, en unidad, una hoja de trabajo donde lo esencial será abordar la crisis socioeconómica que nos ahoga… Ver para creer. Para que cualquier estrategia funcione, lo primero que deben hacer es sincerarse. Quienes integren la unidad opositora tienen que estar en el país, tomándole el pulso diario a la crisis nacional. No se puede seguir girando instrucciones por whatsapp, skype o FaceTime. Se requieren decisiones urgentes que no pueden esperar las consultas a Nueva York, España, Estados Unidos o México. Quien se siente en la mesa debe tener voz y voto. Quien no pueda regresar al país, entonces que se dedique a sus funciones internacionales sin retrasar las acciones locales.

La gente necesita verdades. Una evaluación sincera sobre los logros obtenidos con la abstención y los avances de las conversaciones con la comunidad internacional sería un buen comienzo para lo que viene. Si hay que asumir errores, que pongan la cara y hablen claro. Se avecinan nuevos escenarios electorales y seguimos inmersos en una abstención que no aporta soluciones concretas a la crisis. Entonces, ¿seguiremos regalándole al chavismo todos los espacios de poder y decisión?. Llegó la hora de echarse agua fría en la cabeza y usar la razón, dejar a un lado los egos y las pasiones para evaluar cada escenario en su estricta dimensión. La euforia sólo nos ha llevado a cometer errores porque se sobredimensionan opciones y se descalifican otras sin medir consecuencias. Cada día estamos más entrampados en un laberinto del que será muy difícil salir si no deponemos las armas y hacemos mea culpa.

¿Qué ruta asumiremos como oposición si se convoca a un referendo aprobatorio de una nueva constitución? ¿Seguiremos en el camino de la abstención para que el gobierno haga lo que le dé la gana porque le dejamos la vía libre? ¿De convocarse un revocatorio en contra de los diputados de la Asamblea Nacional, éstos se conformarán con suicidarse políticamente llamando a la abstención? ¿O impulsarán el camino electoral para preservar legalmente el mayor espacio legislativo que recuperamos en 2015 después de 10 años de hegemonía absoluta del chavismo? ¿Qué haremos como oposición en caso de que deban convocarse a elecciones inesperadas por imponderables que sucedan con algún gobernador o alcalde? ¿Cederemos el espacio conquistado, en caso de que éste sea opositor, o lucharemos por recuperarlo, en caso de que sea chavista?

La Comunidad Internacional ha hecho lo que puede. Seguir soñando con la llegada de los marines es, cuando menos, irresponsable. Creer que Nicolás Maduro dimitirá es un acto de inocencia extrema o una burla a la inteligencia de los venezolanos. Pedir un alzamiento militar es rifarse una barajita que puede resultar mucho peor de lo que tenemos, y continuar pasivos ante una realidad que supera con creces lo que cualquier ser humano puede y debe soportar, es jugar con candela ante la posibilidad cierta de un desenlace incontrolable.

Es mucho el trabajo por hacer, y hay que comenzar ya. Los venezolanos no estamos para perder el tiempo. La crisis nos devora a cada minuto en medio de una pesada sensación de abandono y orfandad. Ojalá la dirigencia opositora de todas las corrientes entienda que ese 80% de venezolos que rechaza a Maduro, también los terminará rechazando a ellos sino se unen para acabar con este ciclo histórico nacional que tanto daño ha hecho a Venezuela y a los venezolanos.

Gladys Socorro
Periodista
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La fiesta de altos precios apenas comienza

¿Se imagina pagar 18.950.000 bolívares por un pote de mantequilla? ¿Pasa por su mente pagar 34.803.500 bolívares por un cartón de huevos, lo que equivale a 1.160.116 por cada uno? Si le resulta complicado, intente pensar entonces si podría pagar 32.582.000 bolívares por un kilo de detergente. Hoy le puede sonar un disparate pero al cierre de año esos serán los precios, de continuar la espiral hiperinflacionaria que ahoga a cada hogar venezolano.

Hagamos un ejercicio de proyección matemática que, aunque sencillo en el papel, es demoledor para cada uno de los que intentamos sobrevivir a esta tragedia nacional. Tomemos como punto de referencia la inflación del mes de mayo aportada por la Asamblea Nacional. Seamos conservadores y confiemos en que no siga la tendencia de franco ascenso que lleva. Ese mes cerró con 110%, lo que se traduce en que diariamente los productos sufren un alza de precios de 3.66%. Es por esta razón que cuando compramos algo nos percatamos que de una semana a otra los precios pueden variar medio millón de bolívares, un millón y hasta mucho más.

Son muchos números y malas noticias juntas para poder digerirlas con sólo palabras. Saque papel, lápiz y una calculadora. Si hoy un cartón de huevos le cuesta 4.700.000 bolívares, aplíquele la inflación diaria de 3.66% ó, lo que es lo mismo, 172.020 bolívares que, multiplicado por 7 días, suman un incremento semanal de 1.204.140. Si este monto lo multiplicamos a su vez por las 25 semanas que faltan para cerrar el año, hace un total de aumento de 30.103.500 bolívares. Entonces, si a ese cálculo le sumamos el precio actual del producto sobre el que nos basamos para hacer la proyección, nos dará un gran total de 34.803.500 bolívares por 30 huevos.

Y así podemos seguir. Intentemos la misma proyección matemática con el kilo de detergente, artículo de primera necesidad para mantener el aseo elemental de una familia. Hoy su precio se ubica en 4.400.000 bolívares, con un incremento diario de 161.040, lo que a la semana suma 1.127.280. Hasta el cierre de 2018, a este producto como a todos, le faltan 25 aumentos semanales, es decir, 28.182.000 bolívares, para sumar un cálculo total de 32.582.000.

Insisto, estas proyecciones son conservadoras. Tienen como punto de partida la inflación de mayo. Es evidente que esta tendencia tiende a empeorar con el pasar de los días. Entre enero y mayo la inflación acumulada asciende a 1.995% y las proyecciones del Fondo Monetario Internacional estiman que para el cierre de año podría estar en 13.000% .

¿Y mientras tanto qué? No hay ingresos que aguanten esta mecha. El gobierno se empeña en intentar atacar la hiperinflación con aumentos de sueldo que no alcanzan ni para comer medio día. Apenas, hace unos días, el ingreso mínimo de los trabajadores subió a 3.000.000 y la cesta tiquet a 2.196.000, sumando un sueldo integral de 5.196.000 bolívares. Adicional a este monto, a todas luces insuficiente, el ciudadano común tiene que lidiar con la escasez de efectivo para movilizarse a sus puestos de trabajo, lo que los obliga a comprar los billetes con 300% de sobreprecio, es decir, si necesita, por ejemplo, 20.000 bolívares, tendrá que pagar 60.000 adicionales. Si a todo este desequilibrio se le suman la falta de transporte, el alto costo de los repuestos de los carros, la falta de agua y los constantes cortes de luz, entre otras cosas, no es de extrañar que cada vez sea más frecuente la deserción laboral que desemboca inexorablemente en el éxodo masivo de venezolanos que buscan un mejor vivir para ellos y para sus familias.

Pero ¿hasta cuándo podrá soportarse esta situación? Nadie puede predecirlo. Lo cierto es que cada vez se hace más cuesta arriba para la población acceder a los alimentos, y ni hablar de los artículos de aseo personal. Los ciudadanos estamos desamparados, a la buena de Dios. Mientras los líderes de la oposición hacen su guerra al gobierno desde sus cuentas de tuiter e instagram, algunos dentro del país y otros por fuera desde hace rato, el gobierno sigue eximido en sus materias prioritarias: empobrecer a la población para dominarla por el estómago, dividir a la oposición y desmoralizar cada vez más a los venezolanos. Dios nos agarre confesados.

Gladys Socorro

Periodista

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Ruinosa abstención

Casi un mes y nada que llega. Me despierto a diario y reviso las noticias a ver si lo consigo por algún lado. Estoy pendiente de cada declaración política a ver quién me da luz, pero nanai nanai. El tiempo pasa y del plan B a aplicar después de transitar el camino de la abstención en las elecciones del 20 de mayo no está ni la sombra. Claro, es que no existe y nunca existió. 

Hasta la fecha, Nicolás Maduro sigue siendo presidente de la República. Ilegítimo o no, nos guste o no, sigue firmando cheques, metiendo preso a quien le da la gana y decidiendo sobre la vida de los venezolanos. Y lo más lamentable es que somos nosotros los únicos responsables de la tragedia en la que estamos inmersos. Sí, nosotros. Usted y yo como ciudadanos, y una dirigencia política que aún sabiendo que la abstención es la que mantiene al gobierno atornillado en el poder, insiste una y otra vez en llevarnos por ese barranco. Es hora de hablar claro, sin tapujos, y de aceptar nuestros errores como sociedad para poder asumir los correctivos que hagan falta para romper con este drama nacional.
Y no lo digo yo, de eso hablan los números y la historia. Basta con revisar los resultados oficiales de cada elección para que la realidad nos explote en la cara. Con intención o sin ella, hemos sido víctimas de una estafa continuada a través de los años en la que nos hemos dejado arrastrar, quizás por inocencia, por comodidad o por ignorancia, al despeñadero que mayor daño nos ha hecho como país, como sociedad, como individuos. 
Al “monstruo” político y electoral que se llamó Hugo Chávez, lo creamos nosotros. Lo alimentamos y le regalamos hasta nuestra alma. Nos chupó hasta la sangre porque nosotros se lo permitimos. Llegó a la presidencia en el año 98, con el apoyo de 3.673.685 electores, de un total de inscritos de 11.013.020. Le ganó a Salas Romer, su más cercano contendor, por un millón de votos que fácilmente se encontraban entre ese poco más de 4 millones que no votó y los 212.000 que se diluyeron entre Irene y Alfaro Ucero, por las benditas y sempiternas divisiones partidistas que lo único que logran es desmotivar a la población.
Desde entonces, comenzó Cristo a padecer. Con perfecto conocimiento del comportamiento de la oposición, Chávez hizo elección tras elección hasta quedarse con todo el poder. Así tenemos el referendo convocatorio constituyente, en abril del 99, en el que su opción ganó por dos millones de votos, quedándose poco más de seis millones de venezolanos inmersos en la abstención. Igual patrón de conducta se siguió de la elección de los constituyentistas hasta llegar a la aprobación de su constitución, a través de la cual concentró todo el poder.
No conformes con entregarles en bandeja de plata nuestro destino, quizás porque aún no definíamos el tipo de enemigo con el que nos enfrentábamos, en las elecciones del año 2000, convocadas para legitimar todos los cargos, la reina de la fiesta fue nuevamente la abstención y con ella se sellaba la continuación del chavismo. De 11.722.660 inscritos en el registro electoral, sólo 3.757.773 votaron para que Hugo Chávez se quedara en el poder, superando a su rival por 1.398.314 votos que fácilmente pudieron sumarse con el respaldo de los 5.120.464 personas que decidieron abstenerse.
Y así podemos seguir detallando cada uno de los eventos electorales. En todos se repite la misma tendencia. Siempre la abstención, entre 4 y 6 millones, gana la partida, beneficiando abiertamente a quien ostenta el poder. Quizás el ejemplo más claro de ello es la elección presidencial de 2013, en la que Nicolás Maduro resultó ganador por encima de Henrique Capriles por apenas 223.599 votos. Sin duda, aquí debió producirse el quiebre definitivo del chavismo, pero una vez más esos votos que faltaron se diluyeron entre los venezolanos que no votaron. Incluso, aplicándole los efectos de 

la diáspora -calculada para agosto de 2017 en dos millones de personas- al REP de entonces que se ubicaba en 18.904.364, es imperdonable que no pusiéramos fin a la era chavista. Votaron 15.059.630 pero más de tres millones se abstuvieron. 
Ni hablar del pasado 20 de mayo cuando de un total de 20.527.571 venezolanos inscritos en el padrón electoral, sólo votaron 8.603.336. Nicolás Maduro se reeligió como presidente con 6.245.862 votos, mientras que la abstención llegó a los 11.924.235 electores, cifra a la que, aún aplicándole los cuatro millones de venezolanos que se estima han salido del país, era suficiente por sí sola para sacarlo del poder. 
Es importante revisar la historia, analizarla, desmenuzarla, sobre todo los políticos, si es que quieren seguir siendo nuestros guías en este camino de espinas. Basta de venderle mentiras a la gente. Basta de hacerles creer que no votando lograrán algo a favor. Basta de utilizar la abstención como escudo protector a los conflictos e intereses internos de los partidos. Basta de hacer de la abstención la excusa perfecta para justificar que no pueden acordar un candidato único. Basta ya de divisiones. 
Como dicen, Dios habla por las matemáticas, y más claras no pueden estar. Entonces, ¿qué se esconde detrás de la abstención? ¿Quién se beneficia con ella? Evidentemente, el pueblo no es. Es hora de reivindicar el voto como nuestra única arma de lucha, como la más letal y segura que tenemos para enderezar el rumbo e intentar recuperar veinte años perdidos. 

Gladys Socorro

Periodista

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O nos unimos o nos aplastan

Esto pica y se extiende. Las semanas y meses por venir lucen interesantes para la política nacional. Aquí no hay nada escrito, por el contrario, todo puede cambiar de manera radical para los actores tradicionales. La alta abstención registrada en las elecciones del domingo habla de la rabia, la desesperanza y el hastío que agobia a los venezolanos. Pero que nadie se equivoque sacando cuentas. Este pase de factura no es sólo al mal gobierno de Nicolás Maduro, también tiene en la mira a la Mesa de la Unidad Democrática por su incapacidad de ponerse de acuerdo para salir al ruedo con un candidato único que impulsara la lucha por unas elecciones que cambiaran el rumbo del país. A todos les llegó la hora de poner sus barbas en remojo.

Se acabaron los mitos. Las habladurías pasaron a ser hechos demostrables. A partir del domingo las denuncias de fraude electoral dejaron de ser ante el mundo entero meras palabras para estar debidamente sustentadas. Maduro quedó desnudo. La escasa participación electoral da cuenta del mínimo respaldo que tiene en la base del chavismo. Le perdieron el miedo a sus mecanismos de presión. Las estadísticas que hablan de un 80 % de rechazo hacia su gestión pasaron a ser una verdad irrefutable. 
Este logro nadie se lo puede arrebatar a Henri Falcón. Participar en la contienda le permitió documentar cada estafa del gobierno y cuantificar el descontento popular. Además, le lanzó un salvavidas a los abstencionistas que hasta la fecha o no tienen plan B o lo siguen teniendo como el secreto mejor guardado. Les trazó un plan de vuelo: presentar unidos ante el mundo las pruebas del fraude y trabajar desde ya por las condiciones electorales para unas elecciones en el último trimestre del año. No obstante, será en “los próximos días”, como dijera el presidente de la Asamblea Nacional, cuando la MUD y el Frente Amplio anuncien al país las próximas acciones que proponen. Por más que sabían lo que ocurriría el domingo, como sus voceros repiten hasta el cansancio, aún no aportan estrategias claras. Siguen en construcción. 
La reina de la fiesta fue la abstención. Con ella perdimos todos. Maduro porque se convirtió en un rey sin corona, con un traje maltrecho y el señalamiento nacional e internacional por delito electoral. La oposición porque los bandos que hacen vida en ella se ofendieron e irrespetaron a niveles extremos que ahora deberán sanar. Y nosotros, los ciudadanos, porque más allá de ser un valioso reclamo, seguimos anclados bajo el yugo de este gobierno que se empeña en generar hambre y miseria, cuando pudimos haber hecho del 20 de mayo una fecha de liberación nacional. 
¿Y ahora qué? Maduro seguirá recibiendo duros golpes por parte de la comunidad internacional, sin que esto se traduzca directamente en su salida del poder. Deberá sortear, entre otras cosas, las turbulentas aguas de una economía signada por el aumento descomunal de precios, la falta de credibilidad de su gobierno y unos militantes a quienes se les agotó la paciencia por las constantes amenazas, chantajes y mentiras. Mientras tanto, el pueblo se lo tendrá que seguir calando, con toda la tragedia que eso implica, mientras esta historia tenga otro desenlace. Por su parte, la unidad opositora deberá demostrar de qué está hecha. Su supervivencia dependerá de la capacidad de interpretar el clamor popular para asumir los correctivos necesarios a su accionar. 
Pero, por sobre todas las cosas, la MUD y el Frente Amplio deben comenzar a hablarle con sinceridad a la gente. Su llamado a la abstención lo justificaron en la idea de que a partir del 20 de mayo Maduro sería un presidente ilegítimo, y apenas un día después, el presidente de la Asamblea Nacional, en representación de ambos bloques, le decía al país que este gobierno tiene legitimidad hasta enero del próximo año. ¿Y entonces? Y si retrocedemos la película, nos encontramos con que esta misma oposición ya lo ha declarado como un presidente en desacato, y después lo destituyeron por corrupción por el caso Odebrech, alardeando hasta de orden de captura internacional en su contra. Nada de eso ha pasado. Todo ha sido una mentira, y esta oportunidad no será la excepción. ¿Hasta cuando juegan con el hambre y la desesperación de la gente? ¿No se dan cuenta que la mayoría de los venezolanos no pueden más con la carga que les ha tocado llevar? ¿Hasta cuándo sacan sus cuentas desde la comodidad de un salón de reuniones?
La bola está nuevamente en el terreno de la oposición. Una vez más la salida definitiva de este gobierno depende del trabajo que unidos puedan hacer. ¿Serán capaces de dejar los egos a un lado por el bien del país? ¿Serán capaces de sentarse todos en una misma mesa para llegar a acuerdos que beneficien al colectivo? ¿Serán capaces de llevarnos a puerto seguro en medio de esta tormenta, o por el contrario, pasarán a compartir los altos niveles de rechazo con Nicolás Maduro? Algo ya deberían tener muy claro: o nos unimos o nos aplastan.
Gladys Socorro

Periodista

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La oposición perdió el rumbo

La guerra es a cuchillo pero con el objetivo fuera de foco. Se dicen de todo, lo que es y lo que no es. Se dan hasta con el tobo, pero solo logran hacerse daño entre ellos, mientras que el enemigo real está arrastrado de la risa viéndolos pelear. En definitiva, la oposición venezolana se está sacando los ojos, las tripas y el corazón en una pelea estéril cuyo único beneficiado es el gobierno de Nicolás Maduro; y el perdedor, como siempre, es el pueblo.

Se cuenta y no se cree. Veinte años de lucha por salir de este gobierno causante de toda la miseria nacional, y ahora, cuando por fin llegó el momento de darle la estocada final a su agonizante mandato que suma 80% de rechazo, a nuestros líderes políticos les dio por profundizar y anteponer sus rivalidades, desacuerdos y radicalismos a las penurias diarias de la gente.
Lo que hasta hace poco fungía como la Unidad Democrática, encargada de trazar la ruta política y electoral a seguir en esta gran batalla de supervivencia de todos y cada uno de nosotros, hoy está rebanada en varios toletes. Una parte, liderada fundamentalmente por Acción Democrática, Primero Justicia, Un Nuevo Tiempo y Voluntad Popular, dice que el camino a seguir de cara a las elecciones presidenciales del 20 de mayo es la abstención. Para ellos, participar en el proceso es “legitimar al régimen”, pero a menos de dos semanas aún no presentan alternativas claras para salir de esta tragedia. Siguen en el limbo y el pueblo padeciendo.
Un segundo bloque apuesta a la vía electoral. Lo lidera Henri Falcón. Si bien su candidatura no es el resultado de un consenso dentro de la MUD, puntea todas las encuestas entre los precandidatos habilitados del sector opositor. Una tercera rama de la Unidad Democrática nacional insiste en la “dimisión del tirano” y le apuesta todo a las decisiones del Tribunal Supremo en el exilio y a las sanciones de la comunidad internacional. Esta ala la encabezan María Corina Machado, Antonio Ledezma y Andrés Velásquez.  
En teoría, y sólo en teoría, todos coinciden en la necesidad de salir del gobierno de Maduro, pero después de tantos años no consiguen engranar la forma de logarlo. Diluyen los esfuerzos entre tanta incapacidad para llegar a acuerdos. Mientras tanto, el gobierno respira profundo por el alivio que le da una unidad dividida que lo ayude a flotar en medio de una tormenta signada por una población ahogada en el hambre, sin ni siquiera poder conseguir calmantes para aliviar sus dolores; imposibilitada para comprar detergente para lavar sus miserias, o un jabón para bañarse con tobito aunque sea una vez al día y evitar que la sarna se adueñe de sus demacradas y avejentadas pieles. 
Los cálculos políticos de la oposición no le llevan el pulso al acelerado deterioro de la calidad de vida de los venezolanos. La realidad cambia todos los días. La gente no come con deslegitimaciones ni dimisiones. La gente está desesperada por salir de Maduro y su gobierno. Allí radica el gran reto de la campaña de Henri Falcón: poder capitalizar ese gran descontento y cristalizar en votos tangibles la ventaja que le dan los sondeos de opinión. 

Si lo logrará o no sólo se sabrá el mismo 20 de mayo. Todo dependerá de la decisión propia de los venezolanos de romper el llamado de abstención e intentar salir del gobierno por la vía electoral. También dependerá, en gran medida, de la organización electoral que el bloque de Falcón logre diseñar para defender los votos en todas las mesas electorales del país. La verdadera pelea es entre millones de venezolanos y Maduro. Falcón no será el mejor pero es un canal para lograrlo. Sería un voto castigo para intentar sacar de raíz la causa de tanto mal vivir. De él ya nos encargaremos después.

Gladys Socorro

Periodista

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Le hablo a usted, líder opositor

Las penurias de los venezolanos van en aumento descomunal. El nivel de deterioro del país es devastador: los apagones eléctricos son más largos cada día, los precios de la comida aumentan con el pasar de las horas, colas interminables para echar gasolina, días enteros para que los abuelos puedan cobrar su pensión de hambre, bancos donde no hay plata y farmacias donde no hay medicinas, la basura le roba las aceras a los transeúntes y el transporte público brilla por su ausencia. Una realidad que nos devora todos los días con la sensación de abandono a cuestas. Y es que nuestra dirigencia opositora se mantiene en un silencio que espanta, que da miedo. Un silencio ensordecedor que dice más que mil palabras. Un silencio que golpea fuerte porque reina cuando más los necesitamos. 

Hablaron hace dos meses. Decidieron por nosotros transitar el camino de la abstención. Pero en medio de tanta calamidad, ¿cómo nos piden que nos mantengamos pasivos? ¿Cómo nos piden que ni siquiera intentemos arrancar de raíz la causa de nuestro mal vivir? ¿Con qué cara nos piden, quienes han sido nuestros líderes políticos, que a menos de un mes y después de 20 años de brega, no castiguemos con nuestro voto a quien nos ha sumergido entre tanta miseria? ¿Cómo nos piden que nos quedemos cruzados de brazos viendo cómo este gobierno nos chupa hasta la sangre?
Le hablo a usted, Henrique Capriles. Fue el líder de la mejor campaña electoral de Venezuela en los últimos 20 años. Yo voté por usted, al igual que millones de venezolanos que nos contagiamos de sonrisas y de la esperanza en un futuro mejor. Sabe que Nicolás Maduro es perfectamente derrotable. En esa elección de 2013, pese al dolor de la gente por la reciente muerte de Chávez, le tumbó al oficialismo casi 800.000 votos en apenas 11 días. En ese entonces su jefe de campaña fue Henri Falcón, ¿por qué ahora no lo acompaña en su cruzada por Venezuela? No se deje llevar por el radicalismo y la soberbia que han invadido a su partido, Primero Justicia. La abstención no es el camino y todavía estamos a tiempo.
Le hablo a usted, Manuel Rosales. Su trayectoria como político no pega con la abstención. Siempre ha defendido la participación cívica, ciudadana y electoral como única vía para salir de este gobierno. En 2005 fue el último en plegarse al llamado de abstención en las elecciones a la Asamblea Nacional porque no cree en esa vía. De hecho, un año después se lanzó a las calles del país como candidato presidencial y recuperó la confianza en el voto, abriendo el camino para frenar, por la vía electoral, las intenciones de Hugo Chávez de implementar una serie de reformas que tanto daño le harían al país. Su partido está muy lejos de parecerse al ala radical de la MUD, que lanza alaridos de abstención como si con eso obtendríamos algún beneficio en la lucha contra el gobierno, que en definitiva es nuestra propia lucha por sobrevivir. La abstención no es el camino y todavía estamos a tiempo.
Le hablo a usted, María Corina Machado. No es tiempo de radicalismos. No es tiempo de abandonar el juego político para abstenerse. Por el contrario, es el momento de sumar voluntades en torno al voto como única herramienta para sacar al gobierno. Esperar que Nicolás Maduro dimita es albergar la esperanza de que le entren cinco minutos de conciencia, y eso nunca va a pasar. La abstención no es el camino y todavía estamos a tiempo.
Le hablo a usted, Henry Ramos Allup. Gallo jugado que rescató de las cenizas a su partido, Acción Democrática, para convertirlo en la primera fuerza política del país a punta de ganar elecciones. Tiene en su currículo el amargo sabor de una derrota que se extendió por 10 años, desde 2005 cuando lideró el llamado de abstención para las parlamentarias, hasta 2015 cuando fue pieza fundamental en la unión opositora para alcanzar una victoria aplastante en la Asamblea Nacional. La opción de no votar ya debería ser etapa aprendida y superada. La abstención no es el camino y todavía estamos a tiempo.
Señores de la Unidad Democrática, hoy les toca rectificar. Sólo tienen tres semanas para repensar la estrategia y asegurar el cambio de gobierno en el país. Deben romper la abstención y llamar al voto. Los venezolanos no podemos más. Hemos hecho todo lo que nos han pedido en estos años de lucha, pero ya no hay mortal que aguante esta grosería de país.
A ustedes no les faltan las tres comidas del día ni las meriendas, al pueblo sí. Ustedes no padecen la crisis eléctrica porque lo más seguro es que tengan planta o porque en Caracas no se interrumpe el servicio, el pueblo sí. Ninguno de ustedes vive el calvario del transporte público, el pueblo sí. No padecen de la inseguridad desbordada porque tienen personal de seguridad, pero el pueblo sí. A ustedes les alcanza la plata para abastecer sus despensas, pagar los estudios de los hijos, para gastos extras y de entretenimiento, pero al pueblo no. 
Muchos de los suyos se han ido de Venezuela y van de país en país con todos los gastos pagos, pero el pueblo de a pie sigue aquí aguantando la pela, intentando sobrevivir todos los días. Créanme que hasta los entiendo. Desde esa óptica y con todos esos privilegios de seguro que hasta yo impulsaría la abstención, pero resulta que estoy del otro lado, del lado de los millones de venezolanos que se los come la tristeza porque sus hijos tuvieron que irse a tierras lejanas; del lado de los que ya no sabemos por donde seguir recortando el presupuesto para medianamente alimentarnos. Estoy del lado de los millones de zulianos que pasamos hasta 20 horas al día sin luz y de los millones que hemos hecho todo lo que ustedes, líderes opositores, nos han pedido durante esta lucha. 
Ahora soy yo quien les pide un poquito de entendimiento, de cordura y de empatía para con nosotros, los sobrevivientes de esta catástrofe. Únanse como ustedes saben hacerlo, en un bloque indivisible, y salgamos a votar el 20 de mayo. Ni dimisión, ni intervención extranjera, ni alzamiento militar, ni la comunidad internacional, y mucho menos la abstención, le pondrán fin a esta tragedia nacional. Sólo nosotros, con el voto masivo, en 25 días podremos cambiar nuestra historia.
Gladys Socorro

Periodista

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Criptolago, ¿el club privado de Omar? 

Si son 3 granjas de minería, a 9.000 máquinas por cada una, suman 27 mil máquinas. Si cada maquinita cuesta, en promedio, 5 mil dólares, estamos hablamos de una inversión de 135 millones de dólares. Si el negocio se echó a andar con 25 empresarios, en teoría la inversión de cada uno es de 5 millones 400 mil dólares. Me pregunto: ¿hablamos de un negocio rentable para el Zulia o es sólo para un grupito de enchufados? 

Se trata de Criptolago, la nueva “obra maestra” que impulsa el gobernador Omar Prieto. La hizo pública la semana pasada desde el auditorio del mismísimo Banco Central de Venezuela y con el aval de la Presidencia de la República. Se trata de tres granjas de minería de criptomonedas, que luego pueden ser cambiadas en dólares, euros o cualquier otra moneda, ubicadas en Maracaibo, San Francisco y Cabimas. 
Prieto fue mucho más lo que calló que lo que dijo. Se aprovechó de que es un tema complejo para pasar por alto detalles muy importantes para el día a día de los zulianos. Quedaron muchas dudas en el aire, muchas interrogantes sin respuestas. Simplifiquémoslas y vamos por parte. 
La minería de criptomonedas reclama un elevado consumo de electricidad. Las máquinas necesitan un ambiente frío para funcionar. En los países donde se ha desarrollado este negocio se hacen acuerdos previos con las empresas eléctricas a fin de modificar las cargas y costos para no afectar a la población. Entonces, ¿cómo es que en el Zulia se impulsan estas granjas como política de estado cuando a la población se le somete hasta a tres racionamientos diarios, de tres o cuatro horas cada uno, y constantes bajones de voltaje? Esto es, de entrada, cuando menos una grosería. 
El gobernador aseguró que cada granja contaría con 1.500 KW autónomos para su funcionamiento. Cada una tendría su propia generación, pero ¿por qué para impulsar este club privado se vistió de mago y consiguió una solución, y para recuperar la generación termoeléctrica de la región, que tiene las plantas instaladas pero sin funcionar, no hay señales de vida? ¿Será que los millones de dólares que le producirán estas maquinitas a particulares, que en nada contribuirán con el estado, son más importantes que nosotros, los ciudadanos? ¿Por qué Omar Prieto no se ocupa de resolver con los alcaldes el tema de la basura que abarca aceras y calles y genera un mosquero que redunda en enfermedades, en vez de ocuparse en solucionarle el negocio a un grupito de 25 empresarios? ¿Por qué el gobernador del Zulia no se dedica, con el alcalde de Maracaibo, a arreglar todos los semáforos de la ciudad que están dañados? ¿Por qué no se dedica a resolver el problema del transporte público para que la gente pueda llegar a sus trabajos? ¿De cuántos policías dispondrá Prieto para custodiar estas granjas, o es que una inversión de esta magnitud la dejarán a resguardo del Espíritu Santo?
Definitivamente, con los chavistas es imposible perder la capacidad de asombro. Son la personificación de la célebre frase popular que reza que siempre se puede estar peor. En el Zulia ya no guardan las formas, por el contrario, cada día se burlan más de la gente; cada día el descaro es mayor, cada día la bofetada a los zulianos es más fuerte. Y ellos, como si nada. Y nosotros, sumidos en la inercia y la desesperanza colectiva. 
Gladys Socorro

Periodista

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Un último esfuerzo

Nicolás Maduro es el peor presidente que ha tenido Venezuela. De eso, no hay dudas. Bajo su mandato reinan la subida desmedida, acelerada y continuada de los precios, la pérdida del valor del bolívar, la escasez de alimentos, medicinas y efectivo; inseguridad, crisis hospitalaria y pare de contar. En resumen, a los venezolanos nos han caído las siete plagas de Egipto con él.

Se ha ganado a pulso el 80% de rechazo de la población. Si en algo se ha esmerado, de la mano de su gabinete ministerial, es en aplicar medidas sociales y económicas que han llevado al país a la peor crisis de su historia. En poco más de 20 años no se registraba un escenario hiperinflacionario en América Latina. Nos tocó a nosotros. Ahora la pregunta es: ¿cómo vamos a salir de esto?
Hay dos propuestas en la mesa, ambas válidas y discutibles de acuerdo al cristal con el que se mire. La primera plantea la vía de la abstención. Es la que hasta ahora han asumido los partidos políticos que hacen vida en la Mesa de la Unidad. 
Al principio hablaban de una abstención activa pero de eso aún no hay nada. A 50 días de las presidenciales no hay una campaña masiva en las regiones, municipios, urbanizaciones, barrios ni sectores para explicar el por qué de la decisión y lo que haremos un día después de las elecciones. Porque estemos claros: si no tenemos un plan B definido, con acciones concretas y determinantes a seguir, lo único que lograremos con la abstención es garantizarle seis años más a Nicolás Maduro. 
La historia nos revela que jugar a la abstención es hacerle el favor al contrario. En el sistema electoral venezolano se gana por mayoría simple. Ni los votos nulos ni la abstención cuentan para algo. El que gane, aunque sea con 5% de participación, será el presidente, sin pataleos.
El otro camino planteado es participar en las elecciones. Sin entrar a discutir sobre quién debe ser el candidato, está claro que nada pudiera ser peor de lo que que tenemos. Indistintamente del nombre que se decida (si sigue Henri Falcón o se busca otro candidato por consenso) este debe ser, en la medida de lo posible, un factor de unidad. Además, los partidos deben garantizar los miembros y testigos en todas las mesas electorales y motivarnos a votar.
Nunca ha estado tan clara la opción de triunfo sobre el gobierno. Maduro es perfectamente derrotable, aún con estas condiciones electorales. Siempre ha sido un mal candidato, ahora más que arrastra una gestión que sólo ha dejado miseria a su paso. El escollo más difícil de superar pareciera ser la unidad dentro de la unidad. 
Repasemos los dos últimos procesos electorales presidenciales. En ambos, el candidato por la oposición fue Henrique Capriles. En 2012 perdió contra un Hugo Chávez que resultó reelecto por cuarta vez. Ganó con 8 millones 191 mil 132 votos, lo que representó el 55,07% de la participación. Por su parte, Capriles obtuvo 6 millones 591 mil 304 votos, es decir, 44,31%. Pero se trataba de Chávez, un monstruo electoral.
Siete meses después se convocaron nuevas elecciones por la vacante absoluta generada por su muerte. Es allí cuando Maduro entra en escena como el ungido del comandante. Y aunque este acumulaba el apoyo directo que Hugo Chávez le dio antes de morir en una de sus últimas apariciones públicas, el dolor de millones de venezolanos que respaldaban electoralmente al chavismo, el excesivo control gubernamental sobre los medios de comunicación y este mismo CNE, en apenas 10 días de campaña perdió 685 mil 794 votos, alzándose como presidente con una mínima diferencia de 141 mil 358 votos.

¿Si esto se pudo lograr cuando la figura de Maduro no estaba desgastada por la mala gestión, quién dijo que no se le puede ganar ahora? ¿Si Maduro se desmoronó cuando aún la gente lloraba a su Comandante, cómo lo evitará cinco años después? ¿Cómo es que en solo 10 días de campaña y con la conexión emocional que mantenía la gente con Chávez se le arrebataron en aquel entonces casi 700 mil votos al chavismo, y ahora, con dos meses, no vamos a poder hacerlo?
La estrategia electoral del oficialismo es implosionar a la oposición como única garantía de triunfo. Se empeñan en meter cizaña haciendo que nos veamos entre nosotros como traidores y colaboracionistas, olvidándonos que el verdadero enemigo a vencer son ellos. Quizás la dirigencia opositora tenga cómo aguantar seis años más del gobierno de Maduro, pero la gente de a pie clama a gritos por una salida urgente a esta crisis. Seis años más en esta catástrofe económica y social serían casi imposible de soportar. 
Gladys Socorro

Periodista

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Venezuela, un país exportador de miseria

#AsíLoVíYo #20M

Atrás quedó la Venezuela conocida en el mundo entero por la exportación de petróleo y sus mujeres bellas. Hoy somos una fábrica de miseria que exporta hambre, enfermedades, prostitución infantil y millones de migrantes que, aunque muchos preparados académicamente, siempre serán los intrusos en tierras lejanas.
Es en Venezuela donde ha crecido más aceleradamente el porcentaje de la población subalimentada de nuestro continente. Entre 2014 y 2016 aportamos 1,3 millones de personas que no cuentan con la cantidad suficiente de alimentos para cubrir sus necesidades calóricas diarias. Esto representa 80% de la gente con hambre de los 2,4 millones de latinoamericanos y caribeños que se sumaron a las estadísticas. Esta cifra se incrementará significativamente cuando se mida el impacto que la reducción de la oferta de alimentos y la hiperinflación de los tres primeros meses de 2018 han causado en los hogares.
Estamos en emergencia humanitaria. Por más que el gobierno se empeñe en negarlo, no tiene capacidad para manejar la situación. La gente, especialmente los niños y las mujeres, se están muriendo de desnutrición, y este no da señales de poder solucionarlo. Insiste en rechazar los mecanismos de cooperación internacional, sobre todo por su costo político en un año electoral, pero a cambio sacrifica vidas humanas. Ejerce el poder desde el estómago, cambiando su esencia como garante de la alimentación para convertirse en distribuidor y vendedor de alimentos, a través de los CLAP.
La negativa espiral sigue en ascenso. En 2017 la producción nacional de alimentos cubría 40% de la demanda. Según las proyecciones de 2018, sólo se atenderá a lo sumo 20%, con el atenuante de que el déficit no podrá ser cubierto por exportaciones, una vez que estas se han reducido en 73% desde 2013. En pocas palabras, lo que viene es hambre pareja.
La calidad de vida en Venezuela se pulverizó. La última Encuesta de Condiciones de Vida, elaborada por universidades venezolanas y presentada recientemente, así lo ratifica. En cuatro años la pobreza extrema se elevó de 23,6% a 61,2%, además de evidenciar que en 80% de los hogares reina la inseguridad alimentaria y 8,2 millones de venezolanos sólo hacen dos o menos comidas al día.
Ante esta comprometedora realidad que se torna peor cada día, la diáspora venezolana sigue en ascenso, y con ella, los efectos negativos en otros países. Aunque no hay estadísticas precisas sobre este fenómeno, la encuesta de Consultores 21 para diciembre de 2017 daba cuenta del éxodo de cuatro millones de venezolanos, provocando una crisis regional que tiende a profundizarse cuando 40% de los consultados señala que quiere emigrar. 

Con este elevado y constante movimiento de la población se expanden las posibilidades de exportación de enfermedades. Casos como la malaria y el sarampión, erradicados de nuestras tierras, reaparecieron como resultado de la falta de vacunas, precariedad en el sistema de salud, erosión de la cadena alimentaria nacional e incremento de casos de desnutrición severa en niños menores de cinco años.
Y es que Venezuela está a la cabeza de los casos de malaria o paludismo en la región de las Américas. Los reportados el año pasado han sido los más altos en su historia. Vienen en aumento desde 2008. El Reporte Mundial de Malaria presentado a principios de año por la Organización Mundial de la Salud, da cuenta que entre 2015 y 2016 los casos notificados aumentaron en más de 76%, es decir, de 136.402 pasamos a 240.613. Para la segunda semana de octubre del año pasado se notificaron 319.765 casos.
Situación similar sucede con el sarampión. Después de ser declarada como territorio libre de esta enfermedad viral y altamente contagiosa, para febrero pasado la Organización Panamericana de la Salud señalaba que Venezuela es el país con más casos de los seis que notificaron la presencia de la enfermedad en las Américas. Entre junio 2017 y enero 2018 se manejaban 1.703 casos sospechosos y 952 confirmados. El 59% se presentó en niños menores de cinco años.  
La producción de miseria en Venezuela parece no tener fin. El país se deshace en su pilar fundamental: los niños. Por un lado, la edad promedio de las niñas obligadas a prostituirse para llevar comida a sus casas se redujo de 16 a 11 años y, por el otro, los niveles de desnutrición y muerte avanzan a paso de vencedores.
Cáritas Venezuela, en la vocería de su gestora en Seguridad Alimentaria, Susana Raffalli, explica que la crisis alimentaria y de medicinas, sumado a la hiperinflación, la diáspora, la crisis en el sistema de salud y el resquebrajamiento de la red primaria de cuidados –como la familia– han incidido en el aumento significativo de la desnutrición aguda infantil en Venezuela, especialmente en menores de seis meses. Las proyecciones de esta ONG cercana a la Iglesia Católica apuntan a que este año podrían morir 280 mil niños por desnutrición y enfermedades asociadas. En 2017 fallecieron entre 5 y 6 niños semanales.
La realidad nos explota en la cara. Sus efectos son fulminantes. Tenemos un retroceso social y de salud de por lo menos 20 años. No podemos ser indiferentes con nosotros mismos. Si de verdad este gobierno es tan humanista como pregona, que se acuerde de Alí Primera con su Falconía: “…Que te duela el corazón, cuando ves al pueblo tuyo, desmoronado en su orgullo, mendigando salvación”. 
Gladys Socorro

Periodista

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