#AsíLoVíYo #Represión #Constituyente #Venezuela
“Si la mayoría del pueblo no está con la revolución, la revolución puede perder el poder”. Fidel Castro lo tenía clarito. Al pueblo se puede mantener a raya a través de la opresión, represión y control, pero eso no dura para toda la vida. De tanto tensar la cuerda, llega un momento en que se rompe.
El gobierno de Nicolás Maduro lo está viviendo en carne propia. Desde hace rato perdió la perspectiva de las cosas. Pasó de la perenne ofensiva a sólo caminar por el ring de boxeo para intentar mantenerse de pie. Ya no lleva las riendas de la agenda nacional. No encuentra la manera de evitar que cada día más gente se sume al repudio generalizado en su contra. Razones para ello hay de sobra. 
No hay miedo, y mucho menos respeto. A estas alturas no hay vuelta de hoja. A la grave intención de instalar arbitrariamente una constituyente, se le suma la innegable realidad de que este país ya le es ingobernable. Las partes se desconocen y eso, ni con represión ni violencia, se recupera. 
Pero no nos confundamos. El gobierno de Maduro, por lo menos hasta hoy, no está caído, pero sí deslegitimado. El tiempo que le quede en Miraflores deberá sortearlo con una granja en rebelión permanente. Un día llamará a la guerra de pueblo contra pueblo, y al otro día llamará a la paz, a su paz, que niega la libertad y la justicia.
El cambio va. Cueste lo que cueste, ni Maduro ni el chavismo materializarán su sueño de eternizarse en el poder. La paciencia de los venezolanos llegó al llegadero. Como leí en un libro sobre la guerra civil española: “Lo peor de las guerras no es pasar hambre, o tener que huir, o incluso que nos maten. Lo peor es que nos hagan perder los ideales, porque sin ideales, una persona no es nadie”. 
Gladys Socorro

Periodista

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